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COLUMNA: Noticias del mar

Por Redacción Jul31,2025

Crónica del asfalto

Por Jorge Vargas             

Hay viajes que comienzan sin saberlo. No cuando uno sube al camión ni cuando el motor ruge por primera vez, sino mucho antes; en la promesa de una llamada, en el favor que alguien consigue con voz baja, la de mi padre, la de amigos suyos. Amigos míos ahora. Gente de Carretera, de cabina, de noche.

Hace tiempo que, cuando viajo, lo hago en tráiler. Un poco por ahorrarme el pasaje y también por cierta forma de lealtad. A veces me han conseguido el ride amigos de mi papá, otras, los propios operadores que ya me conocen y me llevan como si llevaran un encargo de alguien querido. En la cabina se conversa un poco, se escucha música, se ve pasar el país como si fuera otro. Y ese otro México, el que solo se ve desde el tráiler, es el que más me importa.

Esta vez partía de Manzanillo a la Ciudad de México. No por urgencia ni por aventura, sino por esa necesidad de moverse que a veces uno no puede explicar con palabras, solo con kilómetros. Un operador me recogería en Armería. No era la primera vez. Son viajes que ya he hecho con mi padre o mi hermano, ambos, operadores también. Pero esta vez fue distinto, algo del camino se me quedó pegado en la piel, como el olor a diésel o la melodía de una buena canción. Porque el viaje no fue solo traslado; fue entrar al mundo de los que sostienen al país desde el anonimato. Y esa entrada, como todas la verdaderas, fue silenciosa, sin ceremonia, sin aplauso. Solo yo, el operador, muchas canciones y una carretera que nunca termina del todo.

El viaje de ida lo hice con Rogelio, un muchacho de 26 años con cara de más edad. Tres hijos. Una esposa esperándolo en casa. La cabina olía a vinil caliente, a cansancio reciente, a esas horas de las que nadie habla pero que pesan en los huesos. Rogelio llegó al encuentro, chocamos las manos a modo de saludo, encendió el tráiler y puso su vista en el camino. Él no es un hombre de palabras largas. Llevaba en los ojos una especie de alerta suave, como quien carga una preocupación sin nombre. ¿Qué música te gusta? Me preguntó. y respondí lo mismo que le respondo a quien sea que me pregunte y con toda honestidad; escucho de todo. Y eso bastó para que comenzara a cantar Marco Antonio Solís, quien sería el soundtrack de prácticamente todo el camino.

Durante el trayecto, el celular de Rogelio no dejaba de sonar. Mensajes de colegas y de familiares que desde casa lo llamaban. En algún tramo entre el macro libramiento de Guadalajara y Michoacán, le llegó un mensaje. Rogelio escuchaba, atento, con el teléfono en una mano y la otra firme sobre el volante. En silencio. Pronto algo se contrajo en su rostro. No fue un gesto brusco, sino un pliegue interior que se le vino al semblante como un viento frio que apaga una vela. Esta vez, encendió un cigarro y me preguntó. ¿Con que se le puede bajar la fiebre a una bebé? Es mi esposa, no sabe qué hacer y pues ya es medianoche, agregó. No hubo dramatismo, tampoco lo necesitaba. Bastó la frase desnuda para comprender que, ahí, en esa cabina flotante, íbamos cruzando no solo el país, sino una frontera que separa el deber con la impotencia. Rogelio, como tantos otros camioneros en México, cargaba no solo con toneladas de mercancía, sino la conciencia de estar lejos. De ser útil a todos menos a los suyos. Yo solo atiné a responder, que lo más óptimo, sería llevar a la niña al hospital, a urgencias.

Pensé en esa fiebre como se piensa en lo inevitable; con una mezcla de miedo y resignación. Pensé también en lo absurdo que resulta este sistema que obliga a un padre a sostener a su familia con su ausencia. Él, allá, manejando por una línea infinita de asfalto, y su hija ardiendo en una cama desconocida. México es eso también, una red de hombres y mujeres que cruzan la noche mientras el resto duerme, confiando sin saber en que llegaran a tiempo. Sin ellos no habría leche en el refrigerador, ni papel en las imprentas, ni tantas otras cosas que necesitamos para sobrevivir. Pero casi nadie recuerda su nombre. Nadie ve el desvelo detrás de los parabrisas. Él país se mueve gracias a quienes lo dejan todo atrás, incluso a sus seres queridos.

Nos detuvimos en Tanhuato, en una chachimba o restaurante a pie de carretera. Eran las once de la noche. Un frío amable bajaba de los cerros como si alguien hubiera dejado la puerta abierta del invierno. Rogelio pidió café y yo aproveché para cenar. Un guisado de res, acompañado de una guarnición de arroz y frijoles. El lugar tenía el aspecto de una cabaña. Con columnas y través de concreto que aparentaban ser de troncos de madera vieja. Rogelio envió algunos mensajes y escuchó otros tantos. Dio un sorbo largo, como si en ese gesto se permitiera, por fin, un segundo de alivio. No dijimos muchas cosas, algo del clima y el reporte de un accidente a la salida de Tecomán. La entrada obligada al baño y nos subimos nuevamente al camión. Encendió el motor y volvió a sonar Marco Antonio Solís. Al frente, la carretera parecía un animal dormido. Nosotros seguíamos despiertos, como si la noche entera dependiera de ese tráiler en movimiento.

Entramos a la Ciudad de México cuando comenzaba a amanecer. El cielo se aclaraba lento, como si tuviera miedo de interrumpirnos. Las luces de los autos se iban apagando una a una. La ciudad, todavía callada, nos recibió con un poco de lluvia.

Rogelio, concentrado en la maniobra para ingresar al domicilio donde lo descargarían, no decía mucho. Haciendo fila entre camiones que también llegaban, como si todos estuviéramos regresando de un país paralelo, donde solo importan las rectas, las luces altas y los kilómetros cumplidos. Antes de que me bajara, volteó hacia mí. Cuando vayas a regresar, me llamas, para ver si ando por acá. Me dijo. Yo asentí. Le agradecí. Bajé con un poco de apuro para no entorpecer el ingreso. El camión se adentró para completar su trabajo y regresar. Rumbo a la siguiente carga, al siguiente trayecto, al siguiente amanecer.

Días después, el regreso fue desde Querétaro. Me recogió Ismael, un hombre de rostro tranquilo y edad incierta. Cantaba mientras manejaba. Viejas canciones de rock en español. Su voz era baja, no por timidez, sino por costumbre. Como quien se ha acostumbrado a que el mundo no escuche. No hablaba mucho, pero cuando lo hacía, compartía imágenes como repartiendo fotografías mentales que ha guardado por mucho tiempo.

He visto amaneceres que ni te imaginas. Me dijo. A veces, por Tolvaneras, el polvo no te deja ni ver. Nunca sabes lo que te vas a encontrar en el camino, decía, sin alardes, con ese tono seco y poético que tienen los hombres que han estado mucho tiempo en silencio. Me confesó que le gustaba mucho manejar. Que antes conducía un taxi y que ahora ya le aburría. Que para estar en este trabajo hay que disfrutar el camino y no tenerle miedo. Hablaba con serenidad y certeza. Como quien no se arrepiente. Como quien ha hecho las paces con lo que le tocó vivir. La música, me explicó después, no era solo compañía. Era concentración. Un tipo de enfoque que lo mantenía alerta, despierto, y atento. Y entonces subía el volumen. Soda Estéreo, Caifanes, Café Tacvba. Su playlist era una forma de sostener el mundo mientras lo cruzaba. Y en su canto había una forma de resistencia. De sostenerse con algo más que diésel. Como si la música, los amaneceres y el silencio fueran los verdaderos combustibles del oficio.

Rogelio, Ismael, mi padre, mi hermano y tantos otros y otras, me han enseñado algo más profundo que la geografía; me enseñaron el ritmo del país desde sus venas. Ese país que nunca duerme del todo, porque siempre hay alguien conduciendo. Alguien que no podrá estar en casa esta noche, pero que hará lo posible porque otros si lo estén. No son héroes. No lo necesitan. Son hombres y mujeres que aprendieron a vivir con lo esencial; un termo caliente, una cabina limpia, un teléfono. Y quizás, sobre todo, con la soledad. Pero una soledad que no duele, sino que afina. Que afina la memoria, la paciencia, la escucha. Que afina también el sentido del deber.

Hoy, mientras escribo esto desde un escritorio en tierra firme, me pregunto cuántos operadores están en este momento viendo el mismo atardecer que yo. Cuantos estarán cruzando puentes sin saber que también sostienen un país. Cuantos llevaran en el retrovisor no solo la carga, sino un pedazo de su historia personal, una promesa, una ausencia, una canción.  Y entonces entiendo que hay algo profundamente humano en viajar con ellos. Algo que no está en los mapas, de lo que no se habla. Una forma de mirar el mundo en movimiento, de entender que hay oficios silenciosos que mantienen la vida andando. Oficios que no salen en la tele ni en ninguna parte.

Así termina este viaje. Con las manos quietas, el cuerpo cansado y el alma en carretera. Y con la certeza, esa que no se aprende en los libros, de que la patria y la vida también están hecha de nuevos y viejos caminos, de soldad, de cabinas, café nocturno y canciones.

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

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