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Por Redacción Ago11,2025 #Opinión

El SoundTrack de la memoria

Por Jorge Vargas

Hay días en que la memoria es como la marea; sube sin que uno lo pida, trae objetos olvidados, algas con olor a infancia, y los deposita suavemente en la orilla de este presente. En estos días, mientras trabajo en un libro que me obliga a sumergirme en mis propios recuerdos, vivo como un pescador en vigilia; dispuesto a que cualquier cosa, un olor, una frase o un acorde, me arrastre hacia aguas que creía ya navegadas.

El otro día, mientras desayunaba, puse música sin pensarlo. Un playlist cualquiera. Y de pronto apareció una canción de Caifanes; “quisiera ser alcohol”. Bastó ese inicio para que se desplegara ante mí un puerto entero, el cuarto de mi adolescencia, el aire caliente de la noche y una camioneta Mazda que en mi casa llamábamos “la tortuga”.

Nací en los noventa, cuando la música era un acontecimiento televisado. Fue la década en que los canales dedicados exclusivamente a la música comenzaron a marcar el pulso de toda una generación. Ahí estaban MTV, Telehit y Ritmoson, con su programación continua de videoclips, conciertos y especiales que convertían cada estreno en un pequeño evento nacional. No era solo escuchar música, era verla, vivirla, copiar los gestos de los cantantes, las modas de la época, y esperar ansiosamente la rotación de ese video que parecía hablarte solo a ti. Recuerdo el Unplugged de Caifanes, y cómo la voz de Saúl Hernández se me quedaba flotando como espuma persistente. En alguna ocasión alguien me regaló un CD grabado en computadora, una mezcla improbable: el Unplugged de Caifanes junto con el de Alejandro Sanz, Los Enanitos Verdes y La Ley. Un archivo de adolescencia comprimido en un disco que se rallaba con mirarlo. Lo escuchaba sobre todo de noche, cuando la casa se apagaba y el silencio se volvía mar profundo. Entonces llegaba la complicidad. Mi primo Jaime y yo nos buscábamos sin decirlo mucho. Comprábamos cigarros baratos a escondidas y nos íbamos a fumar dentro de la “tortuga”. Ahí, bajo la penumbra, encendíamos el estéreo y dejábamos que el CD girara, una y otra vez, hasta casi transparentarse. Hablábamos de todo y de nada, como marineros novatos soñando con emprender los viajes por el Mundo.

A veces pienso que el pasado se esconde fuera del dominio de nuestra voluntad, como esa ola que rompe sin avisar. Vive agazapado en alguna sensación material que no siempre sabemos reconocer. En mi caso, una canción basta para abrir la escotilla de un recuerdo sumergido. La música también habita en días más luminosos. Recuerdo la secundaria, una de las etapas más reveladoras y alegres de mi vida. Tenía una amiga, Elizabeth, con quien aprendía canciones de memoria. No solo las escuchábamos, las estudiábamos como cartas náuticas. Después, en las salidas, las cantábamos mientras recorríamos todo el pueblo en el auto de sus padres. Éramos una pequeña tripulación ruidosa, dueña del timón y de la música. Lo importante no era afinar, sino navegar con la certeza de que nadie podía interrumpirnos.

Hoy, esas letras vuelven como el eco de un faro en la distancia. Una voz que ya no está cerca físicamente, pero que sigue viva en la memoria de cada canción. Porque así funciona la música: como un ancla que, lanzada en el presente, nos recupera paisajes que creíamos hundidos. Y pienso que lo que más me conmueve de esos días no es la música en sí, sino la manera en que nos acompañaba. Cómo, en una camioneta estacionada o en un auto en movimiento, 2 adolescentes podían sentirse dueños de la noche o del horizonte, mientras un disco, original o pirata, giraba sin descanso. Cómo, sin saberlo, estábamos fijando en la memoria algo que un día nos salvaría del naufragio del olvido.

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

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