Por Ruth Holtz*
La psicoterapia actualmente ha dado un vuelco muy grande desde aquellos días de recién parida de la psiquiatría (tan vinculada a la medicina) y la psicología (con dificultades para separarse de la filosofía). Esa gran transformación va desde considerar que los problemas emocionales son problemas de salud física, o son padecimientos en los que las personas son “víctimas” que sufrieron traumas en su infancia cuando nada podían hacer hasta tratar de cubrir las supuestas carencias que nuestros padres dejaron en nosotros y por las que vivimos situaciones limitadas, insatisfactorias, llenas de conflicto y de sufrimiento.
Las psicoterapias al principio eran arqueológicas, se dedicaban a desenterrar nuestro pasado más remoto para romper con aquello que nos disturbó allá y entonces, superarlo, desahogarlo, comprenderlo desde otra perspectiva. Y después de ese viaje a lo que “nos pasó” parecíamos haber encontrado una justificación, una explicación satisfactoria a lo que actualmente vivimos, a la razón por la que sufrimos. Desenterrar, examinar, comprender y hasta justificar lo vivido no necesariamente eliminaba el sufrimiento ni en todas las ocasiones producía un cambio en el comportamiento o en la toma de decisiones de las personas para orientarse a una vida de mejor calidad de vida emocional. En ocasiones conocer más de fondo su problemática volvió a ciertas personas más críticas e hipersensibles en sus relaciones en un intento de corregir lo echado a perder por la madre, por el padre o por nuestras circunstancias infantiles. Lo grave es que las pareció justificar con respecto a sus reacciones y su forma de ser: “es que habían sufrido mucho”, “es por lo que le pasó de niño”, “lo que pasa es que su infancia estuvo llena de carencias”, “es que mis padres se divorciaron”, “es que fue algo inconsciente, no lo pude evitar”, “es que ha sufrido tanto, compréndela”, etc.
Lo que nos ha sucedido en el pasado de alguna manera tiene peso en lo que somos hoy, pero también influye la manera en la que lo interpretamos y la forma en que decidimos hacer nuestra vida posteriormente. En el fondo, sin excusas ni pretextos hay 2 fuerzas, 2 poderes en el ser humano que generan más carga de sufrimiento que lo que nos haya pasado. Inclusive, en muchas ocasiones determina cómo usamos eso que nos pasó y tal vez, en algunos casos hasta fue la razón por la que pasó. Estas dos fuerzas o poderes son la capacidad de actuar en el Mundo (voluntad) y la capacidad de sentir, de recibir un impacto en nuestro interior de lo que sucede de acuerdo a lo que creemos que somos y lo que nos creemos merecedores de recibir (amor propio).
La mayor dificultad de los seres humanos es aceptar no poder actuar sobre el Mundo, sobre las cosas, las personas, las situaciones como quieren. No poder hacer lo que “nos venga en gana” nos enoja, nos hace sentir impotentes, nos frustra, nos da miedo, en fin, “nos choca”. Encontrar oposición a mis deseos es doloroso. Vemos en los niños que se pueden tirar en el piso y “hacer berrinche” para imponer su voluntad, para imponer su capricho. Son voluntariosos (le llamaremos también voluntarismo). Pero en realidad toda la vida de un ser humano es una lucha por “querer hacer su voluntad”. Es ni más ni menos que nuestro poder para actuar y producir un efecto en el mundo, para obtener lo que queremos, para manifestar lo que somos y lo que deseamos que ocurra, lo que esperamos.
Tenemos otro poder, su opuesto, pues en vez de ser algo activo es algo pasivo, algo que padecemos. Pero de alguna manera también influye en nuestra vida, en nuestra emotividad y en el sufrimiento que experimentamos. El amor propio, o negativamente llamado orgullo es aquello que puede ser tocado, lastimado, herido por el actuar, la acción exterior, más frecuentemente el actuar de otro. Cuando somos heridos, cuando nos hacen algo que no sentíamos merecer nos ofendemos. Esperamos ser tratados de acuerdo a lo que somos y cuando “nos tratan mal”, nos frenan a hacer lo que queremos o incluso nos imponen algo que no era lo que deseábamos, entonces nos sentimos heridos. Alguien con el orgullo herido es capaz de muchas atrocidades con tal de reivindicarse. Difícilmente toleramos que nos hagan algo que nos hiera. Podemos incluso evitar actuar como creemos sólo por no ser heridos en nuestro amor propio. Podemos enfocar gran parte de nuestro esfuerzo en lograr reconocimiento, halago, adulación para “hacer crecer” el concepto que tenemos de nosotros mismos. “Y ay de quien toque nuestro orgullo”. Podemos actuar con ira, con desprecio, con desazón, con indiferencia, con tristeza si somos lastimados en nuestro orgullo. No es un daño real, cruda y llanamente, sino un daño a nuestra imagen, a lo que consideramos que somos, de acuerdo a lo cual “deberíamos” ser tratados de determinada manera. Si alguien hiere nuestro orgullo nos tendrá que pagar ese padecimiento. Una gran parte de los deseos de venganza que sienten la mayoría de las personas es porque se sienten afrentadas en este sentido. “¿Cómo a mí me hicieron esto?” Hay gente que, en caso extremo, son hipersensibles, “todo las lastima”, pues tienen un orgullo enorme que no puede ser cuestionado ni tocado sin despertar una gran bestia que vengara la afrenta.
Pero al mismo tiempo los seres humanos queremos ser buenas personas. Tratamos de no ser egoístas, de no ser voluntariosas, caprichosas y ser tan quisquillosas y dolernos de todo lo que otro hace o no hace. Sin embargo, en el fondo todos queremos hacer lo que queremos y que nadie nos lastime. Hemos engendrado mecanismos psicológicos inconscientes, que nosotros llamaremos “máscaras” para fingir que “todo está bien”, cuando en realidad no estamos decididos a “dejarlo así”. La venganza por lo que no nos dejaron hacer o por cómo me hicieron sentir origina la mayor parte de los conflictos emocionales entre las personas, sobre todo en sus relaciones más íntimas. Al conjunto de mecanismos psicológicos inconscientes usados para esconder nuestro deseo de venganza y actitudes concretas para “cobrárnosla”, le llamamos “demonio”. Todos llevamos un demonio adentro, mientras por fuera simulamos ser como angelitos. Y nuestra actitud de negación de la realidad es tal, que inclusive nosotros mismos ya no conocemos a nuestro demonio. Después de todo reconocer nuestra maldad, nuestro lado oscuro, nuestro inconsciente deseo de venganza no es cosa sencilla. No sólo es un punto ciego, sino que además es doloroso aceptarlo. Gran parte de lo que nos dolemos, de lo que nos preocupa, de los conflictos que tenemos con los demás tiene que ver directamente con nuestro voluntarismo y con nuestro orgullo. Si fuéramos menos orgullosos, nos podrían lastimar menos. Si aceptáramos más cuando no podemos hacer lo que nos venga en gana, podríamos frustrarnos menos. Y más aún, no tendríamos que desgastarnos fabricando artimañas psicológicas sumamente complejas para conseguir hacer lo que queremos a como dé lugar, ser tratados de cierto modo a como dé lugar o hacer pagar a quiénes no lo impidieron o no nos rindieron pleitesía.
* Psicoterapeuta. Teléfonos: 312 330 72 54 / 312 154 19 40 | Correo: biopsico@yahoo.com.mx
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