Por un deporte seguro: espacios de dignidad, bienestar y respeto
Por doctora Ciria Margarita Salazar C.
Hablar hoy de deporte seguro (Safe Sport) implica mirar más allá de los resultados, las medallas o los récords. Significa reconocer que, detrás de cada logro o fracaso deportivo, hay personas que merecen crecer y competir en espacios libres de violencia, abuso y negligencia. En los últimos años, este enfoque ha ganado fuerza en el Mundo y empieza a abrirse paso en México y en Colima, donde diversas iniciativas buscan que la seguridad y el bienestar sean pilares de la práctica deportiva.
Esta editorial propone adentrarse en la evolución del concepto, comprender sus fundamentos y explorar cómo, desde la acción colectiva, podemos construir entornos deportivos más seguros, equitativos y dignos para todas las personas. Y, especialmente, dar cuenta de cómo desde la ciencia aportamos a la comprensión y aplicación directa de soluciones urgentes que permitan hacer del deporte un espacio verdaderamente protector y formativo.
Durante los años 90 del siglo pasado, el deporte internacional atravesó una crisis que rebasó los límites del rendimiento y las medallas. Las denuncias por abuso, maltrato y silencios impuestos revelaron las grietas éticas de un sistema que, en nombre de la disciplina, había tolerado la violencia. Aquella sacudida dio origen a nuevos debates sobre la protección de niñas, niños y personas atletas, especialmente en Canadá y Reino Unido, donde nació el concepto de Child Protection in Sport. Con el tiempo, esa idea se transformó en lo que hoy conocemos como Safe Sport o deporte seguro, un compromiso global por erradicar toda forma de abuso en la práctica deportiva.
En los años siguientes, distintas instituciones internacionales sumaron esfuerzos. El Consejo de Europa impulsó programas para erradicar la violencia y promover entornos deportivos seguros, mientras que los casos de abuso hacia gimnastas olímpicas en América evidenciaron la urgencia de actuar frente a estructuras que perpetuaban el silencio. En 2016, el Comité Olímpico Internacional presentó un marco de protección integral para atletas y, un año después, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco, por sus siglas en inglés), ratificó el derecho universal a practicar deporte en ambientes seguros, inclusivos y libres de violencia. Desde entonces, el deporte seguro dejó de ser un ideal para convertirse en una responsabilidad ética e institucional compartida.
En México, este compromiso comenzó a tomar forma en 2013 con la Ley General de Cultura Física y Deporte, que incorporó principios de prevención de la violencia y promoción de la paz. Poco después se creó la Comisión Especial contra la Violencia en el Deporte y, con las reformas más recientes de 2025, se establecieron medidas y protocolos nacionales para prevenir delitos, acoso y discriminación. Aunque los avances son todavía desiguales, representan un paso firme hacia la construcción de una cultura deportiva más segura, justa y humana.
A pesar de los avances normativos, entre la legislación y la práctica cotidiana persiste un profundo desfase. La ausencia de una formación sólida en materia de seguridad deportiva dentro de las estructuras federativas, escolares y de entrenamiento permite que continúen ocurriendo casos de hostigamiento, acoso, negligencia médica o violencia psicológica, muchas veces amparados en la normalización cultural de estas conductas.
Con frecuencia, tales prácticas se justifican bajo el argumento de la disciplina inherente al deporte o se encubren mediante el silencio institucional, ya sea por desconocimiento, falta de pericia o conveniencia competitiva. Frente a esta realidad, resulta imprescindible fortalecer la formación ética y profesional de quienes conducen la práctica deportiva (personal técnico, docente y directivo), pues son ellos quienes, en última instancia, resguardan la integridad y el bienestar de las personas que depositan en su guía la confianza y el sentido de pertenencia que el deporte debería inspirar.
La evidencia científica muestra que los entornos inseguros en el deporte no sólo generan daños físicos, sino también profundas secuelas emocionales, como la pérdida de confianza, abandono prematuro de la práctica e incluso, en los casos más graves, conductas suicidas. La seguridad deportiva, por tanto, trasciende el cuidado del cuerpo o la calidad de las instalaciones; constituye una cultura institucional fundada en la ética del cuidado, la corresponsabilidad y el respeto mutuo. El verdadero riesgo reside en seguir perpetuando los ambientes donde la presión por ganar se impone sobre la salud, donde el abuso verbal se disfraza de motivación y donde el silencio pesa más que la justicia. La inacción, muchas veces nacida del ego, la costumbre o la indiferencia, termina sosteniendo estructuras de desigualdad que normalizan y perpetúan la violencia.
Conscientes de que transformar estas dinámicas requiere conocimiento, diálogo y acciones sostenidas, distintas instituciones han comenzado a tejer alianzas académicas para comprender y atender las violencias en el ámbito deportivo desde una mirada formativa y preventiva. En este marco de cooperación, desde 2024 la Universidad de Colima asume un papel de liderazgo regional a través del Cuerpo Académico UCOL-85 Educación y Movimiento de la Facultad de Ciencias de la Educación, en colaboración con la Universidad Autónoma de Nuevo León y cerca de veinte instituciones educativas y deportivas nacionales e internacionales, dentro del proyecto Experiencias de violencia interpersonal en el deporte, financiado por la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (SECIHTI). Estos esfuerzos representan un paso firme hacia la generación de conocimiento, la formación de profesionales y la creación de estrategias concretas para proteger a las juventudes y a todas las personas vinculadas al deporte.
La tarea inmediata que asume nuestro grupo de investigación UCOL-85 radica en analizar las diversas formas de violencia que persisten en el deporte y en seguir desarrollando alternativas educativas capaces de transformar esas prácticas hegemónicas. Pero esta responsabilidad no es exclusiva del ámbito académico; requiere también del compromiso activo de la colectividad y de las organizaciones deportivas para comprender y asumir, desde la gestión y la práctica cotidiana, la filosofía del deporte seguro.
La verdadera grandeza no se mide en victorias, sino en la capacidad de construir entornos donde cada persona pueda desarrollarse con dignidad, bienestar y respeto.
*Profesora e investigadora de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Colima.
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