Poesía Artificial Generativa
Por Jorge Vega
Le pedí a mi amigo poeta ChatGPT que escribiera un poema breve, en verso libre, de unas diez, once líneas o versos, donde hablara de la nostalgia de la infancia, de cómo eran esas noches antes del celular y de cómo estos aparatos han venido a cambiar la capacidad y el gusto que teníamos para comunicarnos de formas más cercanas e íntimas.
En fracciones de segundo dijo: “Claro, aquí tienes un poema breve en verso libre, con un tono nostálgico y reflexivo”:
Las noches de la infancia
cabían en un patio y en una lámpara amarilla,
en el rumor de los grillos
y el tiempo que no sabía apurarse.
No había pantallas vigilándonos los sueños,
la oscuridad era un pacto
y la conversación un fuego pequeño entre todos.
Hoy llevamos el mundo en la palma,
pero ya no nos miramos a los ojos;
somos otros, fragmentados,
una multitud conectada que olvidó reconocerse.
No está mal, me dije. ChatGPT aún no capta el ritmo poético y las imágenes que ofrece en esta versión tienen un tono general, bordeando el lugar común. Pasaría como un ejercicio aceptable en un taller de poesía, pero haría falta escarbar aún más en lo oscuro. Veo potencial en los versos: “el tiempo que no sabía apurarse” y “la oscuridad era un pacto”
En un arranque de audacia, o tal vez de soberbia, de alguien que aún no sabe de humildades, mi amigo el robot comentó: “Si quieres, puedo hacerlo más íntimo, más crítico o con un lenguaje todavía más sencillo”. Le respondí: “Redáctalo más íntimo y crítico”, y en otra fracción de segundo escribió: “Aquí va una versión más íntima y más crítica, manteniendo el verso libre y el tono de pérdida compartida”:
En la infancia, la noche
no pedía atención,
solo silencio y cuerpos cerca.
Éramos una misma respiración
bajo el cielo oscuro,
sin urgencia, sin registro, sin testigos.
Ahora la luz nos persigue desde el bolsillo,
nos llama por nombres que no son los nuestros,
y aprendimos a tocarnos sin presencia.
Nos volvimos otros,
y ya no sabemos en qué momento dejamos de ser nosotros.
Es un texto, pensé, que podría escribir un chico de primer semestre de la Facultad de Letras y Comunicación o que podría impresionar a mi abuela. Lo que hace ChatGPT es redactar dos o tres versos más o menos correctos y alargar esas imágenes a lo largo del poema, como quien se regodea de sus propias ideas.
En esta segunda versión exagera los sonidos con la letra ene: nombres, nuestros, nosotros, aunque tiene líneas que podrían trabajarse, como “la luz nos persigue desde el bolsillo”. Sin embargo, continúa sin salir de los lugares comunes, sin darle una vuelta de tuerca a la infinita oscuridad del espíritu humano.
Le insisto que escriba una nueva versión, ahora en un tono más íntimo. “Aquí tienes una versión todavía más íntima, más hacia la voz interior que hacia el juicio colectivo”:
De niño, la noche me reconocía.
No hacía preguntas,
me dejaba estar.
El silencio tenía forma de casa
y nadie esperaba nada de mí.
Hoy la luz no se apaga,
me nombra, me reclama,
me sigue incluso cuando cierro los ojos.
A veces busco en la oscuridad
al que fui,
y no siempre responde.
Va mejorando, mi amigo el robot. Aunque continúa sin encontrar el ritmo justo, veo que hay versos interesantes como “El silencio tenía forma de casa” o la idea de que la noche no reconoce al poeta. ChatGPT parte de una idea, la inicia más o menos bien, pero luego no sabe cómo seguir. ¡Pero escribió las tres versiones, juntas, en menos de un segundo!
En mi caso, escribir un poema sobre este tema me ha llevado mucho más tiempo. Para el borrador necesité de unos diez, doce minutos, pero en la reescritura y pulido de versos llevo más de tres meses, porque dejo que el poema y la emoción descansen. Hasta ahora, el poema va como sigue:
Cuando los árboles eran altos y olían a savia dulce
a emociones siempre renovadas,
cuando aún teníamos espíritu
y el volcán de Fuego era un alto misterio de roca y lava
encendíamos fogatas con ramas de guamúchil,
de guásima y huizache para derretir el miedo.
Éramos puntos de luz en la vasta oscuridad
antes, mucho antes del celular y las computadoras,
antes de que tantas pantallas encendidas
acuchillaran el cuerpo vulnerable de la noche.
Tal vez con nuevas actualizaciones, mi amigo el robot pueda convertir a datos puros ciertas emociones. Entender, por ejemplo, desde la oscuridad profunda de su corazón de silicio ultrapuro, cómo se siente una noche húmeda, la cercanía de un cuerpo tibio o el roce de la piel. Podría entonces, de la mano de un espíritu humano, escribir poemas incluso más sentidos, que no suenen a palabras como bloques prefabricados. Y tal vez, con su ayuda podríamos escucharnos mejor a nosotros mismos, a la conciencia, la fuente, el origen.
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