Por Marcial Aviña Iglesias
¡Oye, ejercer la docencia es una acción… EXTREMA! ¿Eh? ¡Extrema, como saltar en paracaídas sin paracaídas! Porque, mira, cuando los jóvenes están de vacaciones, tú piensas: “¡Por fin, playa, cervecita!”, ¿no? ¡Pues no! Te mandan a cursos para que te quiten lo testarudo… ¡Lo testarudo! A que aprendas a no tenerle miedo a la IA, que ya nos tiene acomplejados… Y lo peor, ¡lo peor de lo peor!, a perder el pánico de que tus alumnos te rebasen manejándola. ¡Imagínate! Tú, que con el celular solo llamas a tu madre, y mientras el chamaco de 15 años te clona el alma con ChatGPT, y tú: ¡Perdón, joven! ¡Qué terror!
Y después de los cursos, cuando dices: “¡Ya está, mis clases ahora son Cátedra Magíster, es tiempo de sofá, Netflix y palomitas!”, ¡zas! Te cae encima planear los cursos… ¡No uno, eh! ¡Varios! Y no tú solo, no, ¡de forma colegiada! Ponerse de acuerdo con 20 profes es como subir al último piso de la Torre de Babel… ¡Pero con el ascensor descompuesto y todos gritando en lenguas muertas! “¡No, el contenido programático así no va!”, “¡No, transversal!”, “¡IA sí, IA no!”. ¡Caos total! Es como cuando de niño jugabas al teléfono descompuesto y los últimos de la fila en recibir el mensaje lo tergiversaban completamente.
Y al final, ¿qué tienes en casa? Pos una torre de papel de tanto borrador, montañas de folios… Sin que Mahoma, vaya a ellas. Porque los profes, ¡seguimos siendo analógicos! ¡Papelitos everywhere! ¿Digital? ¡Eso es para los jóvenes, que nosotros con el bolígrafo y el corrector, como Dios manda! ¡Santa Cachucha, ser profe del siglo XXI es una aventura… EXTREMA!
Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

