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COLUMNA: Ciencia y futuro

Por Redacción Ene29,2026

La interculturalidad crítica como clave para construir sociedades justas, pacíficas e inclusivas

Por Goualo Lazare Flan*

Este artículo deriva del proyecto de investigación denominada “El papel de la interculturalidad crítica en la construcción de sociedades justas, pacíficas e inclusivas. Una aportación a la Agenda 2030”, desarrollado por el autor durante el segundo semestre de 2025. Los hallazgos de dicho trabajo fueron analizados en un artículo sometido a dictamen por la revista Desarrollo y Sociedad de la Universidad de los Andes, Colombia.

En los últimos años, la humanidad ha enfrentado desafíos globales que ponen a prueba la convivencia, la justicia y la paz. Las desigualdades sociales, los conflictos armados, el racismo y la intolerancia cultural muestran que el desarrollo no puede reducirse al crecimiento económico, sino que debe incorporar dimensiones éticas, humanas y culturales. Por ello, la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, impulsada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), propone en su Objetivo 16, la construcción de sociedades justas, pacíficas e inclusivas.

Sin embargo, alcanzar este propósito va más allá de fortalecer instituciones o promulgar leyes, ya que implica sobre todo transformar la forma en que entendemos y gestionamos la diversidad. En este sentido, la interculturalidad crítica se posiciona como una herramienta teórica y práctica que replantea la convivencia social desde una mirada decolonial, capaz de cuestionar las jerarquías culturales y epistémicas heredadas de la colonización.

Durante décadas, los Estados y organismos internacionales han impulsado políticas multiculturales basadas en la tolerancia y el reconocimiento de las diferencias. Sin embargo, estas políticas suelen quedarse en lo simbólico, sin modificar las estructuras que perpetúan la exclusión y las desigualdades estructurales existentes. Frente a ello, la interculturalidad crítica, desarrollada por autores como Catherine Walsh, Aníbal Quijano y Walter Mignolo, entre otros propone un cambio de fondo: transformar las relaciones históricas de dominación y de exclusión. Lo cual implica descolonizar el pensamiento, reconocer la pluralidad de saberes y promover un diálogo horizontal entre pueblos e instituciones. Desde esta mirada, la diversidad deja de ser un adorno discursivo y se convierte en un principio de justicia social y cognitiva. Lo que supone valorar las epistemologías del Sur, los saberes comunitarios y las prácticas ancestrales marginadas por el pensamiento eurocéntrico.

La interculturalidad puede entenderse desde tres principales dimensiones: la relacional, la funcional y la crítica. La interculturalidad relacional se enfoca en el contacto y convivencia entre culturas, pero no cuestiona las desigualdades que la atraviesan. Por su parte, la interculturalidad funcional, impulsada por políticas estatales, reconoce formalmente la diversidad, aunque dentro del mismo sistema que la subordina. En cambio, la interculturalidad crítica busca transformar las estructuras de poder, del saber y del ser, desmontando las jerarquías raciales, económicas y epistémicas que sostienen la desigualdad. De ahí que, este enfoque crítico de la interculturalidad se concibe como un proyecto político, ético y educativo orientado a la reciprocidad, la igualdad y el reconocimiento mutuo. 

El núcleo de la interculturalidad crítica radica en el doble giro decolonial, el cual consiste en descolonizar el ser y el saber. La descolonización del ser implica revisar identidades, valores y representaciones impuestas por la modernidad colonial, rompiendo con los estereotipos de superioridad cultural o racial que justifican la exclusión de pueblos indígenas, afrodescendientes y campesinos. La descolonización del saber, por su parte, reconoce que el conocimiento no es neutro ni universal, sino producto de relaciones de poder. Valorar los saberes locales -desde la medicina tradicional hasta las cosmovisiones indígenas- amplía el horizonte del conocimiento y fortalece la justicia cognitiva. Este doble giro decolonial no busca solo incluir al “otro”, sino construir un nuevo “nosotros” basado en la colaboración, la escucha y el respeto mutuo.

El Objetivo 16 de la Agenda 2030 propone promover la paz, garantizar la justicia y consolidar instituciones inclusivas. La interculturalidad crítica ofrece una ruta conceptual y práctica para avanzar hacia esas metas, especialmente en el Sur global, donde las desigualdades étnicas y culturales persisten como herencias coloniales. En el ámbito institucional, impulsa espacios de co-gobernanza y participación comunitaria, donde las decisiones se tomen con la voz y consentimiento de los pueblos involucrados. En el campo educativo, promueve pedagogías decoloniales que no solo diversifican contenidos, sino que transforman la forma de producir y legitimar el conocimiento. Un ejemplo destacado se encuentra en la Justicia Intercultural de Misiones (Argentina), donde magistrados y comunidades indígenas colaboran para adaptar el sistema judicial a los valores y lenguas originarias. Esta experiencia demuestra que la interculturalidad crítica puede traducirse en prácticas concretas de justicia restaurativa, inclusión y paz social.

Implementar la interculturalidad crítica supone un cambio ético profundo: pasar de la tolerancia pasiva al reconocimiento activo, de la asimilación a la coexistencia equitativa. Además, implica comprender que la paz no se construye solo con leyes, sino con diálogo; que la justicia no reside únicamente en los tribunales, sino en el respeto mutuo; y que la inclusión no se decreta, sino que se ejerce cotidianamente. En un mundo atravesado por conflictos, racismo y desigualdades, la interculturalidad crítica ofrece un horizonte de esperanza: el de las sociedades donde la diversidad no sea un obstáculo, sino una fuente de creatividad, conocimiento y cohesión social. 

Como paradigma decolonial, la interculturalidad crítica invita a repensar las nociones de desarrollo, progreso y convivencia. Instruye a entender que, no puede haber sostenibilidad sin justicia, ni justicia sin equidad cultural. Si el siglo XXI quiere ser verdaderamente humano, deberá aprender a dialogar desde la diferencia, reconociendo la dignidad de todas las voces del planeta. Construir sociedades justas, pacíficas e inclusivas no es solo una meta de la Agenda 2030, sino una tarea ética colectiva. La interculturalidad crítica, al articular justicia, conocimiento y diversidad, constituye una de las claves más prometedoras que considerar para abrir ese camino.

Para mayor información sobre el tema, puede consultarse el siguiente enlace:  https://revistas.udem.edu.co/index.php/Ciencias_Sociales/article/view/3775

*Profesor e investigador de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad de Colima.

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

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