Cuando el tacto se pierde: ansiedad, envejecimiento y cerebro
Por Verónica López Virgen*
Envejecer implica mucho más que cumplir años. A lo largo del tiempo, nuestro cerebro cambia, al igual que la forma en que percibimos el mundo que nos rodea. La vista, el oído o el olfato suelen deteriorarse progresivamente, y cada vez hay más evidencia de que estas pérdidas sensoriales están relacionadas con la aparición de ansiedad, cambios emocionales y deterioro cognitivo. Sin embargo, uno de los sentidos menos explorados en este contexto es el tacto, a pesar de su papel fundamental en la interacción con el entorno y en la regulación emocional.
El tacto es un sentido básico para la orientación, la seguridad y la exploración del ambiente. En los seres humanos, el contacto físico cumple además una función social y emocional clave. En los animales, esta importancia es aún más evidente. En el caso de los ratones, los bigotes son su principal sistema táctil: les permiten detectar obstáculos, orientarse en espacios oscuros y evaluar su entorno. Por esta razón, los ratones son un modelo animal especialmente útil para estudiar qué ocurre en el cerebro cuando la información táctil se pierde durante largos periodos de tiempo.
Con este objetivo, analizamos los efectos de la privación táctil prolongada sobre la ansiedad y la actividad cerebral en ratones envejecidos. El estudio se centró en comprender cómo la falta de estimulación sensorial afecta tanto al comportamiento como al funcionamiento de regiones cerebrales implicadas en la emoción y la memoria. En pruebas diseñadas para evaluar la ansiedad, los ratones privados del tacto exploraban menos las zonas abiertas y pasaban más tiempo en áreas protegidas, como los bordes de los espacios o las zonas centrales de ciertos dispositivos experimentales. Este patrón sugiere un aumento de la ansiedad y una mayor tendencia a buscar seguridad, un comportamiento que recuerda a lo que ocurre en personas adultas mayores con altos niveles de miedo o inseguridad ante entornos nuevos.
Curiosamente, algunas de estas conductas también podrían interpretarse como un aumento del riesgo o de la impulsividad, algo que se ha observado en estudios recientes sobre envejecimiento. Esto pone de manifiesto que la ansiedad en la vejez no siempre se expresa de forma simple y que el diseño del entorno puede influir notablemente en la conducta de los individuos mayores, tanto en animales como en humanos.
También se examinó la actividad de las neuronas en dos regiones clave del cerebro: la amígdala, implicada en el procesamiento del miedo y las emociones, y el hipocampo, esencial para la memoria y el aprendizaje. En los ratones con privación táctil prolongada se observó un aumento de la actividad neuronal en ambas regiones, lo que indica que estos circuitos estaban más activados de lo normal. Este hallazgo es especialmente relevante porque un exceso de activación en la amígdala se ha relacionado con estados de ansiedad persistente, mientras que alteraciones en el hipocampo se asocian con problemas de memoria y mayor vulnerabilidad al deterioro cognitivo. En conjunto, estos cambios sugieren que la falta de información sensorial no solo modifica la conducta, sino que también altera el equilibrio de los circuitos cerebrales que regulan la emoción y la cognición.
El cerebro, especialmente durante el envejecimiento, intenta adaptarse a la pérdida sensorial mediante procesos de plasticidad. Cuando una fuente de información desaparece, otras áreas pueden reorganizarse para compensar. Sin embargo, esta adaptación no siempre es beneficiosa. En el caso de la privación táctil prolongada, parece producirse una reorganización que aumenta la reactividad emocional y altera la integración sensorial, generando un estado de mayor vulnerabilidad a la ansiedad.
Estos resultados encajan con lo que se observa en personas mayores con déficits sensoriales, como problemas de audición o visión, que presentan mayores tasas de ansiedad, depresión y deterioro cognitivo leve. Nuestras investigaciones sugieren que la pérdida sensorial no debe entenderse únicamente como un problema periférico, sino como un factor que impacta directamente en el funcionamiento del cerebro y en la salud mental.
Desde una perspectiva social, nuestros hallazgos refuerzan la importancia de cuidar la estimulación sensorial a lo largo de toda la vida, especialmente en la vejez. Mantener entornos ricos en estímulos, favorecer el contacto físico, promover la actividad y reducir el aislamiento pueden ser estrategias clave para proteger la salud cerebral y emocional de las personas mayores.
Para mayor información, puede consultarse el siguiente enlace: https://doi.org/10.31117/neuroscirn.v8i4.444
*Posdoctorante adscrita al Laboratorio de Neurociencias de la Facultad de Psicología de la Universidad de Colima. Contacto en vlvirgen@ucol.mx
Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

