Aprender francés para entender el Mundo: educación, sostenibilidad y experiencias de aula
Por Raphaël Hubert Elie Sebire*
En una clase de francés universitario, una estudiante levanta la mano y pregunta cómo decir en francés: “Comprar sólo lo necesario”. No es solamente una pregunta gramatical, es también una reflexión sobre consumo, hábitos y decisiones cotidianas. A partir de ahí, la clase deja de ser únicamente un ejercicio de vocabulario y se convierte en una conversación sobre sostenibilidad, responsabilidad y formas de vivir. Ese tipo de momentos resume bien el enfoque de mi trabajo como docente o de investigadoras e Investigadores.
Desde hace varios años, mi labor se centra en la enseñanza del francés como lengua extranjera, pero como algo más que aprender a hablar otro idioma. Para mí, aprender una lengua es una manera de mirar el Mundo desde otro lugar, de cuestionar lo que hacemos y de dialogar con realidades distintas. Por eso he integrado de forma progresiva el enfoque de sostenibilidad en mis cursos, tanto en contenidos como en actividades concretas de aula.
En la práctica, esto se traduce en situaciones muy sencillas. Por ejemplo, cuando trabajamos la descripción de rutinas diarias, las y los estudiantes no sólo hablan de lo que hacen cada mañana, sino también de cómo se desplazan, qué consumen o qué hábitos consideran más responsables con el entorno. Al practicar el pasado, cuentan experiencias relacionadas con proyectos comunitarios, huertos urbanos o acciones ecológicas personales, contactos con la naturaleza y recuerdos agradables en relación a la sana convivencia. El francés se convierte así en una herramienta para narrar la vida real, no en un ejercicio abstracto.
Otro ejemplo frecuente es el trabajo con recetas. En lugar de limitarse a seguir una receta tradicional francesa, las y los estudiantes adaptan platos a partir de ingredientes locales, reflexionan sobre el origen de los alimentos y ponen en práctica actividades culinarias sostenibles como hamburguesas de lentejas o chorizo de semillas. Aprenden vocabulario, estructuras lingüísticas y, al mismo tiempo, desarrollan conciencia sobre alimentación responsable y diversidad cultural.
Este enfoque no surge de manera aislada. Forma parte de una línea de trabajo más amplia que conecta la enseñanza de lenguas con la educación para la sostenibilidad y el bienestar. En este sentido, mi participación en la Maestría en Escenarios Socioambientales para la Vida ha sido fundamental. Esta experiencia influye directamente en mis clases de lengua, donde la reflexión social no es un añadido, sino el punto de partida.
Además de la sostenibilidad ambiental, otro aspecto clave de mi trabajo es la dimensión emocional del aprendizaje. Aprender a hablar en otra lengua implica equivocarse, exponerse y, muchas veces, sentir miedo o vergüenza. En clase, esto se nota cuando una persona estudiante duda antes de hablar o se disculpa por cometer errores. Por eso, uno de los objetivos es crear un espacio seguro, donde el error sea visto como parte natural del aprendizaje y no como un fracaso.
Para lograrlo, utilizo actividades creativas y colaborativas: juegos de rol, proyectos en grupo, diarios breves de aprendizaje o producciones orales con tiempo limitado y sin presión excesiva. También incorporo, de forma crítica, herramientas digitales y de inteligencia artificial, no para reemplazar el trabajo humano, sino para apoyar la práctica, generar ideas o facilitar la autoevaluación. Siempre se habla de cómo y para qué se usan estas herramientas, fomentando una postura reflexiva y responsable.
Estas experiencias de aula y reflexiones pedagógicas fueron compartidas en el NeXus 2025 Interdisciplinary Conference: “Resilience in the Contemporary World”, realizado del 21 al 23 de noviembre de 2025. En ese espacio internacional, el intercambio con investigadoras e investigadores de otras áreas permitió mostrar cómo algo tan cotidiano como una clase de lengua puede contribuir a la resiliencia, entendida como la capacidad de adaptarse, aprender y seguir adelante en contextos cambiantes. Hablar de resiliencia desde la enseñanza del francés significa mostrar que el aprendizaje también puede ser un espacio para cuidarse, para expresarse y para construir sentido. Significa reconocer que educar de forma sostenible no solo implica pensar en el planeta, sino también en las personas, en sus emociones y en su relación con los demás.
Divulgar este tipo de trabajo es esencial. Contar lo que sucede en las aulas permite acercar la investigación a la ciudadanía y mostrar que la educación no es un tema lejano ni exclusivo de especialistas. La sostenibilidad, el lenguaje y la educación forman parte de la vida diaria. Aprender una lengua puede ser, entonces, una pequeña pero poderosa forma de comprender mejor el mundo y de participar activamente en su cuidado.
*Profesor e investigador de la Facultad de Lenguas Extranjeras de la Universidad de Colima.
Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

