Actualmente, cuando nos referimos al campo, solemos centrarnos en cifras de producción, exportaciones o crisis climáticas. Por ello, la graduación de 90 nuevos ingenieros agrónomos de la Universidad de Colima (UdeC), en el Campus Tecomán, nos recuerda una cuestión esencial: detrás de cada cultivo, cada alimento y cada decisión sobre la tierra, hay conocimiento, vocación y responsabilidad social.
Tras recordar que esa generación inició su formación en medio de la pandemia de Covid-19, debemos resaltar que las aulas virtuales, la incertidumbre global y una desconexión obligada del entorno natural, marcaron sus primeros pasos. Sin embargo, lograron egresar con una doble fortaleza: la resiliencia adquirida en la adversidad y la formación científica que exige una profesión profundamente ligada a la realidad tangible del campo.
La agronomía no se aprende únicamente en los libros. Se construye en el surco, bajo el sol, en contacto con la tierra y sus ciclos. Esa enseñanza, evocada en la frase de Norman Borlaug, es también una metáfora de lo que la UdeC ha sabido hacer: formar profesionistas capaces de ensuciarse las manos, pero también de pensar el territorio desde la innovación, la sostenibilidad y el compromiso ético.
Hoy más que nunca, el campo mexicano enfrenta desafíos complejos. El cambio climático, la presión sobre los recursos hídricos, la necesidad de producir más alimentos con menos impacto ambiental, así como la urgencia de dignificar la vida de quienes trabajan la tierra, demandan profesionistas preparados y sensibles. En ese contexto, esos 90 egresados no solo reciben un certificado; asumen una responsabilidad histórica.
Es significativo que más del 70% haya obtenido resultados satisfactorios en el EGEL. Ello también es una señal clara de que la UdeC está cumpliendo con su misión: ofrecer educación de calidad, pertinente y conectada con las necesidades reales de su entorno.

