Mar. Mar 24th, 2026

COLUMNA: La espiral de Elliot

Por Redacción Mar24,2026 #Opinión

Ir solos, llegar juntos

Por Juan Carlos Recinos

“Si quieres ir rápido, ve solo. Si quieres llegar lejos, ve acompañado” Hay frases que sobreviven porque condensan una experiencia entera de la especie. No ofrecen una ocurrencia ingeniosa, sino una verdad trabajada por generaciones. Ésta dice algo más hondo de lo que aparenta: que la velocidad no siempre es una forma superior del movimiento y que hay tareas cuya grandeza consiste precisamente en no poder realizarse a solas. La educación es una de ellas. Se puede instruir con prisa, administrar con eficacia, evaluar con premura; pero educar, en el sentido pleno de la palabra, exige tiempo, vínculo y una cierta fidelidad entre los seres humanos. Nadie se forma solo. Aprendemos dentro de una lengua que no inventamos, bajo una mirada que nos reconoce antes de que sepamos nombrarnos, en medio de una red de presencias, afectos, normas, herencias y preguntas que nos preceden. Por eso, aplicado a la educación mexicana, el proverbio africano no es una frase amable sobre la colaboración: es una crítica de fondo a nuestra costumbre de querer remedios veloces para problemas cuya raíz es histórica, moral y colectiva.

México ha confundido demasiadas veces la reforma con el sobresalto. Cada sexenio trae su promesa de regeneración pedagógica, su vocabulario inaugural, su fe en que ahora sí el país entrará por fin en la edad justa de la escuela. Cambian los nombres, los enfoques, los diagramas, los manuales; cambia incluso el tono con que el poder se dirige a los maestros y a la sociedad. Pero la escuela real permanece allí, en su terquedad concreta, soportando sobre los hombros una cantidad de demandas que ningún discurso alcanza a medir. Permanece en el aula donde el calor entumece la atención, en el patio donde el recreo también es una forma de hambre, en el cuaderno del niño que escribe con esfuerzo mientras alrededor todo conspira para distraerlo o desalentarle el ánimo, en la maestra que enseña y al mismo tiempo contiene, escucha, remienda, traduce, improvisa, resiste. La educación verdadera no ocurre en el brillo abstracto de los programas, sino en ese punto áspero donde una conciencia se encuentra con otra y trata de abrirse paso entre la precariedad y el cansancio. Allí la retórica tropieza con la materia de lo real. Allí se ve con claridad que un sistema educativo no se transforma por decreto, del mismo modo en que un árbol no florece porque alguien le haya cambiado el nombre a las estaciones.

El error de la prisa consiste en creer que la formación humana produce resultados comparables a los de una máquina bien calibrada. Pero educar no es fabricar un efecto: es acompañar una maduración. Y toda maduración es lenta, no por deficiencia, sino por dignidad. Sólo lo mecánico obedece de inmediato. Lo humano tarda. Tarda en comprender, en confiar, en encontrar una voz, en convertir una información en criterio, una consigna en juicio, una regla en convicción. Tarda en aprender a leer no sólo palabras, sino situaciones; no sólo textos, sino rostros; no sólo instrucciones, sino conflictos morales. Quien quiera velocidad puede conseguir obediencia o repetición. Quien quiera llegar lejos necesita algo más difícil: una inteligencia capaz de demorarse, de dudar, de comparar, de recordar, de ponerse en el lugar del otro, de resistir la tentación de la respuesta automática. Ésa es la temporalidad de la educación. Por eso el proverbio contiene una lección decisiva para México: no se trata de correr más, sino de sostener mejor el trayecto.

Ahora bien, sostener el trayecto implica reconocer que la escuela no puede seguir siendo el nombre honorable de una soledad. Durante demasiado tiempo hemos exigido a los maestros una forma de heroísmo que luego fingimos admirar para no asumir nuestras propias omisiones. Queremos que enseñen, sí, pero también que compensen carencias afectivas, que reparen desigualdades, que neutralicen violencias, que contengan frustraciones, que administren la escasez, que innoven sin recursos y que, además, entreguen pruebas visibles de éxito. Les pedimos que enciendan una lámpara en medio del vendaval y después nos sorprendemos de que la luz tiemble. Esa escena resume una de las mayores injusticias de la educación mexicana: se individualiza una responsabilidad que es social. Se culpa al aula por las fracturas del país. Se examina al maestro con una severidad que casi nunca se aplica a la pobreza, al abandono institucional, a la descomposición del entorno, a la obscena desigualdad de oportunidades con la que los niños llegan cada mañana a sentarse frente al pizarrón.

Porque ningún alumno entra al salón vacío. Llega ya habitado por su mundo. Llega con el peso o la gracia de su casa, con la lengua en que fue amado o humillado, con el miedo aprendido, con la noche dormida o mal dormida, con una mesa donde hacer la tarea o sin ella, con libros o sin libros, con conversación o con puro ruido. La escuela puede abrir horizontes, pero no puede, por sí sola, borrar la crudeza de las condiciones que la rodean. Pedirle que resuelva en aislamiento aquello que una sociedad produce de manera sistemática como desigualdad es una forma refinada de hipocresía. El proverbio obliga a decirlo con crudeza: si queremos llegar lejos en educación, el maestro no puede ir solo, la escuela no puede ir sola, el niño no puede ir solo. Deben ir acompañados por familias menos extenuadas, por comunidades menos rotas, por instituciones menos cínicas, por un Estado capaz de garantizar no sólo discursos, sino condiciones materiales de dignidad.

Sin embargo, acompañar no significa vigilar, uniformar ni tutelar hasta asfixiar. Ésa sería otra derrota. La educación no necesita masa, sino comunidad; no necesita unanimidad, sino vínculo. Acompañar, en su sentido más alto, es sostener la aparición de una libertad que no sea salvaje ni servil. La escuela vale porque introduce al niño en un mundo común sin clausurar su singularidad. Le dice: aquí está la lengua de los muertos y de los vivos; aquí están las preguntas que heredaste; aquí están las heridas de tu tiempo; aquí está también la posibilidad de responder de otro modo. Educar es transmitir un mundo inacabado. No para que el alumno se someta a él, sino para que aprenda a habitarlo críticamente y, llegado el momento, a transformarlo sin barbarie. En eso consiste una comunidad pedagógica verdadera: en enseñar a decir “yo” sin desentenderse nunca del “nosotros”. Allí empieza no sólo la cultura, sino la democracia.

México necesita entender que la educación no es una oficina de resultados, sino el laboratorio moral de la vida pública. En sus aulas se aprende mucho más que contenidos: se aprende una relación con la autoridad, con la diferencia, con el lenguaje, con la verdad y con el límite. Un niño al que nunca se escucha aprende que la palabra no vale. Un niño al que sólo se le premia por repetir aprende a desconfiar del pensamiento propio. Un niño educado exclusivamente para competir termina viendo en el otro no un compañero de destino, sino un obstáculo. Y una sociedad que acepta eso como normal se condena a producir ciudadanos técnicamente aptos, pero espiritualmente disminuidos. La educación fracasa cuando fabrica piezas útiles para una maquinaria ciega; empieza a justificarse cuando forma conciencias capaces de discernir, de cooperar, de resistir la humillación y de reconocer en la dignidad ajena un límite sagrado. Llegar lejos, en este sentido, no es mejorar indicadores sin más, sino elevar la calidad humana del país.

De ahí que la continuidad sea una virtud educativa mayor que la novedad. Las naciones serias no refundan su escuela cada vez que cambia el aire político. Corrigen, afinan, ajustan, pero no convierten a sus niños y maestros en rehenes de la ansiedad ideológica del momento. Aquí, en cambio, hemos tratado demasiadas veces al sistema educativo como un escaparate donde cada administración desea contemplar su propio reflejo. Se olvida que la confianza pedagógica se construye despacio y que basta una cadena de interrupciones para desfondarla. No hay árbol que crezca si se le arrancan las raíces para inspeccionarlo al final de cada temporada. No hay comunidad docente que madure si se la obliga a recomenzar perpetuamente. La educación necesita memoria, duración, lealtad con lo que funciona, valentía para rectificar lo que daña y modestia para admitir que ningún gobierno, por sí mismo, agota el horizonte del porvenir.

Tal vez por eso las imágenes más verdaderas de la educación no son las del éxito, sino las del encuentro. Un maestro inclinado sobre una libreta. Una palabra que de pronto ilumina lo que estaba oscuro. Un poema que le da nombre a una tristeza muda. Una biblioteca escolar abierta como una ventana en medio de un barrio sitiado por la prisa y el ruido. Un grupo que aprende a escuchar una diferencia sin convertirla de inmediato en amenaza. Ésas son escenas pequeñas, casi invisibles para la grandilocuencia del poder, pero allí ocurre lo esencial: la lenta fabricación de un mundo compartible. Allí un país decide, sin aspavientos, si quiere seguir reproduciendo soledades o empezar a corregirlas.

El proverbio africano, leído desde la educación mexicana, deja entonces de ser consejo y se vuelve exigencia. Nos exige abandonar la superstición de la velocidad, esa fe pueril en que todo problema profundo cederá ante una mezcla de entusiasmo retórico y urgencia administrativa. Nos exige reconocer que enseñar es una empresa civilizatoria, no una carrera de rendimiento. Nos exige comprender que una escuela abandonada, por brillante que sea su discurso, termina hablando con la voz cansada de un país que no quiso hacerse cargo de sí mismo. Y nos exige, sobre todo, elegir entre dos futuros: uno en el que sigamos llamando reforma a cada sacudida, mientras la desigualdad dicta en secreto el destino escolar de millones; y otro en el que por fin aceptemos que educar es acompañar, es perseverar, es cuidar las condiciones de lo común para que la libertad no nazca enferma.

Se puede ir solo, desde luego. Se puede ir solo y rápido: imponer, anunciar, corregir desde arriba, medir, acelerar, inaugurar. México conoce bien esa velocidad. La ha visto pasar muchas veces, brillante por fuera y estéril por dentro. Lo que no ha hecho siempre con la misma convicción es caminar acompañado: con maestros respaldados de verdad, con familias a las que no se abandone a la intemperie, con comunidades que vuelvan a reconocerse como parte del acto educativo, con instituciones menos enamoradas de su retórica y más fieles a su deber. Sólo entonces la escuela dejará de ser el lugar donde un país deposita sus carencias para convertirse en el lugar donde empieza a corregirlas. Y sólo entonces el proverbio revelará toda su verdad: en educación, como en toda obra destinada a durar, la prisa puede llevarnos al ruido; únicamente la compañía puede llevarnos al porvenir.

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

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