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COLUMNA: Tejabán

PorRedacción

Abr 15, 2024

Acordeón

Por Carlos Ramírez Vuelvas

Desde hace varios días mi mente es un acordeón. Casi literal: tengo el sonido del acordeón en la mente. Seguro también te ha sucedido, que una de esas melodías -no es necesario que sea con acordeón- se pega al cerebro y termina por acompañarte todo el tiempo. Cuando te das un baño en la mañana, cuando abordas un camión, mientras preparas el café, o en esos momentos plácidos cuando de la noche, en el arrullo del silencio, entonces bulle esa canción que habías pedido a todos los santos te quitara de la cabeza.

Aún antes de que sólo el sonido del acordeón sonara en mi cabeza, yo había pensado que me gustaría aprender a tocar ese instrumento musical. Me parece una proeza similar a derrotar a Kasparov en una partida de ajedrez mientras, al mismo tiempo, sostienes una conversación sobre relaciones internacionales con Michelle Obama. Mi absurdo llegó al observar a detalle los tutoriales para aprender a tocar el acordeón en YouTube. A partir de entonces fue imposible quitarme las melodías de la cabeza. Además, ahí me enteré de su historia, aunque cada comentarista tiene su versión. En lo personal, me gustó el relato que dice que una serie de inmigrantes checos llevaron el acordeón a Sinaloa, México. Esa versión debe ser confiable, porque luego lo la leí en una revista, y nadie me ha podido convencer con otra hipótesis más verosímil.

Después de esas investigaciones me propuse una juiciosa reflexión sobre las diferentes clases de acordeón. Afuera de la buhardilla donde ahora vivo, hay bastante ajetreo, así es que tuve que concentrarme con ahínco para concluir que en Latinoamérica existen al menos tres variantes de acordeón. Escucha con cuidado y verás que no es lo mismo el acordeón de Argentina, el de Colombia o el de México, aunque he escuchado a un músico en La Cagüila, Tijuana, que se llama DJ Chucuchú, que puede hacer mezclas espeluznantes con las tres variantes. Muy divertidas.

El primer acordeón del que voy a tomar nota es el acordeón argentino. En la buhardilla hay discrepancias al respecto. No es que no me agrade, que a mí toda la música me entusiasma, y no veo nada malo en deleitarse con tangos pero, para mi gusto, de los acordeones latinoamericanos es el menos provechoso. En la puesta en escena del tanto, el acordeón luce poco, ensombrecido por la danza, los llantos y los gritos. Frente a eso, los sonidos del acordeón son demasiado discretos, muy suaves y tristes, sin que esa aflicción provenga de la melancolía, la nostalgia o la saudade, sino de un masoquismo tóxico. A este acordeón le aplica el aforismo de William Blake: todo deseo no consumado termina por pudrirse.

El segundo acordeón es el de la bachata colombiana. Más rico, cercano a la cumbia, la salsa y el wawancó, el acordeón de Celso Piña, digamos, es muy recomendable en esas fiestas donde lo menos importante es el estilo y luce más bullanguería, el yupijahuaychintolo y la bebida a costo del amigo que, superada la fatalidad de la última mujer, se entrega empecinado a bailar como Clavillazo. Alegre, sí, como los colombianos, este acordeón es bailable sin el dulzor crepuscular del tango. Se baila por puro gusto y no por hacerle al teatro, pero este acordeón se va al otro extremo: es una caricatura del acordeón, tan nimio, tan nimio, que a la larga es lánguido como la carrera musical de un cantante de vallenato de los noventa.

Seguro que eres una persona sensata que por nada del mundo limitaría al acordeón a un suspiro tanguero, ni a una melodía de ronda infantil con pinta de fiesta de quince años. Tú, como yo, tratas de ser ecuánime y prefieres todas las variantes del acordeón que faculta a la música norteña como la mejor para este instrumento. De México, claro, que no conozco otro tipo de música norteña.

Tú, como yo, has de respetar las melodías de Ramón Ayala, de Los Invasores el Norte, de Los Tigres del Norte y de Julián y José, porque te recuerdan amorosamente a tu familia, a esas tardes fantásticas cuando después de los mariscos, varias copas más tarde (o apenas para agarrar valor), en alguna playa cercana llegaba el ameno grupo de acordeón, tololoche y voz aguardentosa, para interpretarte con ahínco y buen sazón, una bonita melodía como Un puño de tierra, Piquito de oro, Ni parientes somos, Qué diablos me pasa a mí, y otras tantas que (además de ser tango y vallenato al mismo tiempo) para gloria del mexicano, forman parte singular de nuestra verdadera patria sentimental, tan flexible como un acordeón que canta Lobo domesticado.   

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