Certezas
Por Carlos Ramírez Vuelvas
Uno conserva sus certezas, a veces tan bien guardadas que no sabe dónde están, pero sabe que existen. No es necesario ubicarlas. Uno está seguro que existen tienen la firmeza de algo material, como este árbol, esta taza, esta pluma con la que escribo, aunque sabemos de su realidad abstracta, convicciones que permiten afrontar una decisión nimia o trascedente para el andar de los días.
Las certezas que uno mismo acepta: es bueno el ejercicio en las mañanas, es mejor escuchar el canto de los pájaros mientras camino, es deseable comer a las dos con treinta y cinco minutos de la tarde, prefiero el café con leche de almendras. Cosas de ese tipo. Luego avanza el día y, a pesar de las balandronadas cotidianas uno vuelve a sus certezas: a las cuatro de la tarde es mejor beber agua que no esté fría. Cosas así.
Pero sucede que hay días que uno pierde sus certezas, que piensa que da lo mismo la leche de almendras, o el agua helada, o no beber nada en ninguna hora de la tarde. O peor aún: descubres que hay quien bebe leche de avellanas y tiene las peores sensaciones en el cuerpo. Alguien, y no soy yo, aseguras, está mintiendo. A veces, cuando uno pierde sus certezas y las recobra en un momento de aplomo, puede percibir que son certezas falsas. Es terrible.
Entonces cae el tremendo balde de agua helada de una realidad insospechada. Nunca imaginé la realidad de esta manera, te dices con las palabras tristes de una derrota moral. A veces nada puede angustiarnos tanto como la conciencia de una certeza equivocada, cuando nos asalta el reproche de pensar en los años perdidos en una mentira. Y no hay peor dilema ético, peor sensación de soledad lastimosa, que descubrir la traición de una certeza.
He conocido a personas que andan por el mundo convencidos de la verdad de sus certezas, aún cuando no exista duda alguna de que están equivocadas. Son hilarantes. Pero defienden sus certezas como quien cuida a un hijo indefenso. Andan por el mundo, ensimismados, defendiendo las certezas que hasta al final de los tiempos ofrecen la sensación de una muralla de protección de las angustias de la vida cotidiana.
A veces no nos quedan las certezas, sino esta fe ciega con la que afrontamos las mañanas. Como un alivio. La fe ciega puesta sobre la vida, porque volteas al cielo y miras ese tremendo azul, porque abrazas a la persona que amas, porque viene la noche con el consuelo de posar su hombro para decirnos, con esa tenue voz de oscuridad, descansa un poco, descansa un poco, que mañana será otro día. Y entonces sabes que nada es más certero que la esperanza.
