Ser afortunado
Por Alberto Llanes
Parte III
Luego de hacer una larga fila para la compra de los boletos para la rifa; Deisy llegó a sentarse al lugar que, previamente, había apartado. De nueva cuenta y al azar, arrojó los boletitos en la mesa para que tanto ella y yo, eligiéramos los nuestros. Con los papelitos de la rifa en la mesa, yo volteé el rostro y, al tacto, elegí mis tres, dos de 50 pesos y uno de 100. El corazón volvió a darme un vuelco. Todo ese tiempo el corazón latía y vibraba junto conmigo que también latía, temblaba y vibraba.
Quien asiste a estas marchas porque es universitario, sabe a qué me refiero; para el resto de los lectores, explicaré grosso modo de qué va esto.
De un tiempo acá tanto para el desfile de mayo como para el del aniversario del Sutuc, entre la comunidad universitaria se hace la famosa quiniela pagando 50 o 100 pesos por un boleto, el afortunado/a, se lleva in situ, el monto obtenido por la venta de esos boletos, así de fácil.
Antes, porque tengo 20 años laborando para la Máxima Casa de Estudios, antes, se rifaban 3 vehículos, uno lo daba el sindicato, otro la Universidad de Colima y uno más el gobierno del estado; ahora, ahora lo que se rifa es dinero, 7 vales de 5 mil, 7 de 7 mil y 5 de 10 mil, obviamente, hay más posibilidades de ganar, no es carro, pero a final de cuentas es un apoyo que bien se necesita y se agradece en cualquier momento.
Me quedé entonces en que mi compañera Deisy y yo empezamos a charlar. Mi auto, el auto familiar estaba en el taller, el asunto era de la transmisión y unas varillas que ya estaban dando lata y, bueno, la cosa iba a salir cara. Hablamos de esto, de los hijos, de los libros, de nuestros empleos; Deisy y yo tuvimos a bien coincidir durante varios años en la Dirección General de Publicaciones, donde todos los días nos veíamos, nos saludábamos y donde trabajamos; somos casi contemporáneos, porque de seguro yo soy más viejo que ella, tenemos muchos amigos/as en común y, bueno, nos hemos llevado muy bien; así que, en ese momento, las risas, las anécdotas, la charla, los temas, no nos faltaron…
En eso estábamos cuando empezaron a circular las cervezas, los refrescos, las botanas. Entre risa y risa bebimos, comimos, ubiqué al traidor de Memo en la mesa de los publiquetos. Pero no, lo de traidor es broma, estimo mucho a Memo y también a mis compañeros de Publicaciones, algún día regresaré con bríos renovados y ánimo de seguir compartiendo historias, libros, momentos, instantes. La vida, definitivamente, es de instantes.
Nos sirvieron la birria y pues empezamos a comer.
Aquello era un mundo de gente, nos acomodamos en una mesa con compañeros/as que venían de la hermana república de Tecomán. Ah, Tecomán, he tenido muchas y muy bonitas novias en y de Tecomán; casi podría decir que es, fue, pues, como mi segunda casa.
Casi en cuanto terminamos de comer, empezó la charla que siempre da nuestro líder sindical, quien, por cierto, en algún momento -otro instante de esta vida-, fue mi maestro de fotografía cuando yo era un incipiente alumno de la Facultad de Letras y Comunicación de la Universidad de Colima, me refiero, por supuesto, a Luis Enrique Zamorano.
(Continuará)…
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