Los gatos del Muelle
Por Jorge Vargas
Vivo en el centro histórico de Manzanillo, entre calles que huelen a sal y al vapor de las banquetas. Desde aquí, todo lo que quiero mirar está al alcance de unos cuantos pasos. Podría trazar un mapa hecho de trayectos simples: casa-muelle, casa-playa, casa-mercado. Pero hay uno que repito con una suerte de ceremonia callada, casi ritual; el camino hacia San Pedrito.
Es la playa que me queda más cerca. Y aunque muchos la esquivan por modesta, por no tener la blancura de otras arenas o las postales pulidas del turismo, a mí me basta. Me basta con su honestidad. Me basta con su agua inquieta que murmura sin elegancia, y con sus gatos. Sí, los gatos. Siempre están allí. Flacos, silenciosos, atentos. No son de nadie, pero pertenecen al muelle como las gaviotas al cielo. Caminan entre las piedras, se esconden bajo las lanchas varadas o se encaraman en los depósitos de basura que hay sobre el andador. No piden, no lloran. Solo existen. Y en su indiferencia hay una forma de compañía que a veces se parece al consuelo.
A veces cuando hago este recorrido y paso junto a ellos, los gatos, pienso en Satie. En una pieza de él que lleva por nombre “Gnossienne No.1” Hay algo en esa pieza que se emparenta con la escena. Un piano melancólico que avanza sin prisa, que parece caminar sobre piedras húmedas, igual que yo en la arena o en el andador. Es una pieza que no pretende llegar, solo permanecer. Así como esta caminata. Así como los gatos.
Hay un hombre que en ocasiones me ha tocado ver, en el centro de ese ritual gatuno. No sé su nombre. A veces lleva un balde, otras una bolsa. Se acerca al árbol más grande de la escollera, deja la comida sin decir palabra, y los gatos lo rodean. No hay efusividad, ni juegos, ni agradecimientos. Solo ese momento solemne en el que se cruzan la espera y el gesto.
Hace días me detuve más de lo normal. Estaba nublado. La luz era gris y espesa. El mar parecía contener la respiración. Y los gatos estaban allí, como siempre. Algunos se recostaban en el cemento tibio. Otros husmeaban las bancas vacías. El hombre apareció puntual, como un músico que sabe bien la hora de su entrada. Y pensé que esa escena tenía algo de partitura. Como si cada uno supiera su lugar en una coreografía mínima.
Hay lugares que no necesitan ser entendidos, solo vividos. Y San Pedrito es uno de esos sitios. No hay que explicarlo. Solo andar hacia él, dejar que se meta en uno por los poros. Que su olor a salitre, te impregne sin pedir permiso. Que el viento marino te despeine los pensamientos.
En ese trayecto pienso a veces en la escritura. En cómo, tal vez, uno también escribe como camina. Con ritmo propio, mirando al suelo y al horizonte al mismo tiempo. Escribir es caminar con palabras, bordear el muelle de la memoria, acariciar con la vista a los gatos de nadie.
Un día, esto lo sé, escribiré un cuento que empiece con uno de esos gatos. Será el inicio de algo que no sabré a dónde va, como no lo sabe el mar cuando rompe contra las piedras, como no lo sabe la caminata que se inicia sin mapa.
Volviendo a casa, ya de noche, me digo que este puerto, que a veces parece dormido y otras veces a punto de gritar, se ha convertido en mi lugar. Un espacio desde donde mirar el mundo, o al menos, inventarlo. Y pienso: tal vez todos necesitamos una playa cercana para aprender a estar. Un muelle desde donde mirar lo que viene y lo que parte. Y unos cuantos gatos mudos que nos recuerden que el mundo sigue, aun si nadie nos espera.
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