Dom. Mar 15th, 2026

COLUMNA: Ciencia y futuro

Por Redacción Dic15,2025

Una agricultura mexicana exportadora

Por Renato Francisco González Sánchez*

Muchas personas que conozco y que viven en ciudades, asocian al campo mexicano con la pobreza. Nuestra Revolución Mexicana la peleó el oprimido campesino para tener tierra (y libertad), nos enseñaron en la escuela. Esta es una visión sesgada. Ciertamente, en el campo mexicano se observa una pobreza persistente, en particular en el sur del país. Sin embargo, México es líder en la producción y exportación agropecuaria, sustentada en una agricultura y ganadería diversificada altamente tecnificada. En esta colaboración explicaré esta aparente contradicción.

Al estar la geografía mexicana marcada por dos sierras y un eje volcánico, es el lugar ideal para una diversidad agrícola gracias a los microclimas. Es más, por esta situación la vocación real de nuestro país debería ser forestal, es decir cultivar bosques y ser una potencia exportadora de madera. Pero la visión gubernamental del México en siglo XX fue una agricultura basada en campesinos ejidatarios productores de maíz (“sin maíz no hay país” dice un conocido eslogan) y en una reforma agraria que llevó que en 70 años se repartiera dos veces el territorio nacional. Un caos jurídico y de inseguridad sobre la posesión de la tierra que, en realidad, empobreció a la agricultura mexicana y fue una (no la única) de las causas de la enorme deforestación de zonas boscosas de nuestro país.

México comenzó a diversificar su agricultura comercial a partir de la apertura que brindó el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos y Canadá en 1995. Previamente comenzó a darse certeza jurídica a la propiedad, se finalizó el reparto agrario y se permitió que el ejido pudiera venderse o rentarse. Diez años después, México se convirtió en el principal país exportador de frutas y verduras al mercado de los Estados Unidos; posición que se mantiene gracias a frutas como cítricos, aguacate, sandías, bayas (o berries) como fresas, zarzamoras y arándanos; y verduras como el jitomate, calabacitas, espárragos, etc. Si consideramos la “ventana de invierno”, es decir los meses en que la unión americana no puede producir, entonces la cantidad de frutas y verduras exportadas se multiplica: melón, piña, papaya, mango, apio, ajo, brócoli, etcétera.

La demanda de frutas de origen mexicano (y de muchos otros países) por el mercado norteamericano tiene varias explicaciones. Una es la preocupación por la salud de la población y el gobierno estadounidense; pues se recomienda comer 3 frutas o verduras de 3 colores diferentes al día. Otro aspecto es la demografía; pues la creciente población de origen latino (o asiático) empuja la demanda de las frutas y verduras que conocen culturalmente (limón agrio, aguacate, mango, chiles picosos, agua de coco, etc.).

La afluencia económica o ingreso de la población, también incrementa la demanda. Debe mencionarse que este ingreso ha sido creciente en la población del vecino del norte desde la posguerra hasta el presente. Otro elemento es el tipo de cambio, que al menos en el caso de México, durante los últimos 40 años se ha estado “deslizando”; esto es el peso es cada vez más barato frente al dólar. Algunas de estas tendencias también se observan en la población mexicana de las zonas urbanas, por lo que también el mercado doméstico demanda muchos de estos productos agrícolas.

Entonces, ante una demanda norteamericana tan importante y creciente de frutas y verduras mexicanas, ¿cuál ha sido la respuesta del campo mexicano? La respuesta es un claro oscuro. Por una parte, creció tanto la superficie dedicada a los cultivos comerciales y en detrimento de la agricultura campesina. La posibilidad de establecer contratos posibilitó que empresas agrícolas exportadoras pudieran trabajar en superficies mayores y elevar los rendimientos (toneladas por superficie) con métodos modernos de cultivo. Actualmente tenemos una nueva revolución agrícola, desde el uso de insumos (fertilizantes y plaguicidas) sofisticados, semillas o plántulas mejoradas genéticamente, maquinaria y equipo especializado, uso de invernaderos y sistemas de riego y empleo de asistencia técnica profesional. Por otra parte, esta agricultura comercial necesita mucha mano de obra, para las labores agrícolas (donde se emplean varones) y para la cosecha, donde la mano de obra femenina es indispensable.

Pero todo éxito tiene un costo. Aún se emplea mano de obra infantil, se usan plaguicidas prohibidos en otros países, y se sobreexplota el agua subterránea. Los desechos plásticos y químicos residuales siguen sin control en muchas zonas. Ningún gobierno ha logrado imponer completamente las normas, y sólo gracias a la exigencia de Estados Unidos se han implementado controles de calidad, como en el caso del aguacate. Así, detrás de cada fruta exportada hay un campo que brilla… y también enfrenta grandes sombras.

En el boom exportador agrícola también se ha sumado el crimen organizado, pero esto lo dejamos para próximas colaboraciones. Para leer más sobre el tema de esta colaboración diríjase al siguiente enlace: http://doi.org/10.53897/RevAIA.25.29.01

Profesor de la Maestría en Gestión del Desarrollo de la Facultad de Economía de la Universidad de Colima.*

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

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