Dom. Mar 15th, 2026

COLUMNA: Pedagogía en voz alta*

Por Redacción Dic15,2025 #Opinión

Innovación educativa en la danza: ¿tardía?

Por Victoria Gabriela Guzmán Rodríguez

Hay muchos mitos y confusiones relacionados con la innovación en la educación. Una de ellas la equipara con la tecnología. De hecho, las políticas públicas, sobre todo en educación básica, han intentado demostrar su efectividad a través de recursos digitales, tabletas en las aulas y plataformas en línea, como si innovar se redujera a una pantalla. Sin embargo, esta visión parcial nos deja un sabor amargo: el imaginario colectivo de que la innovación es válida si luce futurista, con autos voladores u hologramas en las aulas, o si rompe por completo con lo existente. La paradoja es que, en muchas ocasiones, se invierten grandes cantidades de recursos para mostrar un cambio superficial, más preocupado por el aplauso mediático, dejando de lado lo verdaderamente importante: el impacto real en los procesos formativos.

Otra confusión sobre la innovación educativa se da cuando pensamos en educación artística. Solemos caer en la idea romántica de que basta con “inspirar” al estudiantado o abrir espacios de libre expresión y aunque la inspiración y la libertad creativa son esenciales, este ámbito de enseñanza también requiere de planificación rigurosa, secuencias pedagógicas claras y mecanismos de evaluación que garanticen el aprendizaje. La innovación, desde esta perspectiva, no es lujo ni moda, sino condición para asegurar que la enseñanza de las artes esté a la altura de los retos actuales.

En el ámbito artístico, y en particular en la danza, esta concepción se vuelve todavía más problemática. Innovar en la danza no significa colocar un gadget en el salón de clase, sino generar transformaciones profundas en las formas de enseñar y aprender. La danza, como disciplina, demanda un compromiso con la formación humana y artística, y para lograrlo, se requiere de estrategias didácticas sistematizadas que permitan a estudiantes y docentes avanzar con claridad en sus procesos. En este sentido, la innovación consiste en repensar las metodologías, organizar el conocimiento y evaluar de manera coherente lo que ocurre en el aula y en el cuerpo. Es, en suma, la posibilidad de construir procesos pedagógicos que fortalezcan la técnica, la creatividad y la reflexión crítica.

Innovar no siempre significa inventar algo completamente nuevo, sino organizar y fortalecer lo que ya existe para hacerlo más eficaz. Al aplicar un plan de clase estructurado, se busca que el estudiantado no sólo “haga” danza, sino que también comprenda las bases que sustentan su práctica y sea capaz de reflexionar sobre su propio proceso. El resultado es doble: por un lado, se mejora el desempeño técnico y artístico; por el otro, se fomenta una cultura académica que favorece la investigación, la documentación y la transferencia de conocimientos.

En la danza, la innovación tiene un componente social ineludible. En un país como México, donde los apoyos a la educación artística suelen ser escasos y los programas académicos enfrentan constantemente la presión de cumplir con estándares de acreditación, sistematizar procesos no sólo mejora la calidad de la enseñanza, sino que también legitima el valor de la danza dentro del panorama educativo. Cada esfuerzo por organizar, evaluar y documentar las prácticas pedagógicas se convierte en un argumento a favor de la importancia de mantener e impulsar programas de artes en las universidades públicas.

Pero la innovación no se limita al aula. También implica replantear las relaciones entre instituciones, docentes, estudiantes y organismos evaluadores. La acreditación de los programas de artes suele medirse con criterios definidos para áreas más “tradicionales” del conocimiento, lo que genera tensiones y, en ocasiones, desvalorización de lo artístico frente a lo científico. Innovar, en este contexto, significa construir puentes entre lo sensible y lo académico, entre lo corporal y lo teórico, entre la experiencia estética y la evidencia medible. Sólo así podremos garantizar que la enseñanza de la danza no quede relegada a un segundo plano, sino que ocupe el lugar que merece en la formación integral del estudiantado.

La pregunta que da título a esta columna —¿es tardía la innovación en la danza?— nos confronta con una realidad ambivalente. Por un lado, sí: hemos tardado en reconocer la importancia de sistematizar la enseñanza artística, de darle un lugar en la investigación educativa y de concebirla como un espacio de innovación legítimo. Pero, por otro lado, nunca es tarde para comenzar. Cada proyecto, cada propuesta, cada docente que se atreve a reflexionar sobre su práctica y a transformarla está contribuyendo a un cambio más amplio.

No se trata, por tanto, de que la innovación en la danza sea tardía, sino urgente. Este reto supone reconocer que la excelencia en la enseñanza artística no se alcanza unilateralmente: se construye en diálogo entre estudiantes, docentes, instituciones y organismos evaluadores. Implica aceptar que los cambios, aunque parezcan pequeños, pueden sentar bases sólidas para futuros procesos. Innovar en la educación artística es un acto de compromiso, disciplina y visión compartida.

Bien lo dice la doctora Margarita Tortajada: “Pensar la danza no es algo diferente a la danza misma. La danza no solo se hace y se siente, sino que también se piensa”.

* “Pedagogía en voz alta” es una columna de la Facultad de Pedagogía. La autora de este artículo estudia la Maestría en Innovación Educativa.

Las opiniones expresadas en este texto periodístico de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a El Comentario.

Autor

Related Post

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *