Falleció Alfredo Bryce Echenique
Por Ramón Moreno Rodríguez
En fechas recientes falleció el narrador peruano Alfredo Bryce Echenique y por esa causa quisiera ahora hacer aquí un balance de su obra. Lo primero que quisiera destacar es la cuestión relativa a su estilo y eso tiene que ver con el llamado Boom latinoamericano. Para este movimiento él nació tardíamente (1939) pues las figuras centrales de esta escuela nacieron, en su mayoría, 20 años antes. No obstante, no hay duda de que sus novelas están claramente influidas por las modas, los estilos y las tendencias de esa portentosa pléyade de narradores nuestros. Por ello es que no podemos decir en sentido estricto que él haya formado parte de tal grupo, más bien sus novelas son posteriores al Boom. Me explico.
Según el afamado crítico uruguayo Ángel Rama, al concluir el canon impuesto por Boom, años setenta del pasado siglo, nuestros países siguieron produciendo una gran cantidad de narradores que, sin ser miembros del Boom, demostraron ser una nueva generación de gran enjundia literaria. Los llamó “los contestatarios del poder” porque ellos se tuvieron que enfrentar a la grave dificultad de igualar y aun superar a sus maestros, los consagrados. Y a pesar de lo difícil del reto, lo lograron. Esa nueva generación estuvo integrada por narradores como Manuel Puig, Plinio Apuleyo Mendoza, Reinaldo Arenas, Fernando del Paso (entre otros muchos) y nuestro querido Alfredo Bryce Echenique.
Y es verdad, en Perú, después de Vargas Llosa se veía difícil que surgieran nuevos narradores de talla universal, y vaya que sí los hubo, y Bryce no fue el único, pienso ahora en Julio Ramón Ribeyro.
En fin, leí por primera vez a Bryce en los años ochenta. Su primera novela que llegó a mis manos fue La vida exagerada de martín Romaña y fue un verdadero descubrimiento. Muchos son los méritos de esta novela (a mi parecer, la mejor de todas las suyas) pero lo que más me cautivó en ese momento, fue su sentido del humor y en particular, la parodia que hace del joven intelectual latinoamericano que se va a vivir a París, para habitar en la buhardillas de aquella ciudad, y morirse de hambre y nostalgia. Hoy ya no pasa eso, los jóvenes intelectuales latinoamericanos ya no van a vivir su Bildungsroman a París.
Si quisiera decir yo ahora, en síntesis, cuál es el tema fundamental de la obra de ficción (cuentos también, no sólo novelas) de nuestro autor, diría, sin duda alguna, comprender. Y esto más que un tema fue una obsesión: comprender. Comprender todo lo que le rodea y a sí mismo. Descifrar las conductas y los sentimientos de los otros y los del personaje en cuestión; su obra más que una obra propositiva es una obra interrogativa. Su prosa expone y se expone como el curioso científico que interroga a la naturaleza o como el niño que mira deslumbrado el mundo que lo rodea. En efecto, su prosa se ubica en dos extremos de la existencia humana: en la infancia (Un mundo para Julius), pues es un niño que quiere comprender el mundo que está descubriendo, o en la madurez que intenta entender el mundo que ha desgastado en su persona.
En toda la obra del escritor peruano el amor es un fracaso, lo que habrá de modificarse será la conducta ante tal resultado: en unos casos, los personajes mueren desgarrados por el dolor de amor (El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz), en otros, logran superar su estado anímico deprimido (La última mudanza de Felipe Carrillo). Todos los protagonistas de Bryce Echenique sostienen una relación amorosa infantil con sus amantes, pareciera que el amor a su pareja es sucedáneo del amor materno.
Las causas del enamoramiento casi siempre tienen su origen en una fantasía infantil: Pedro Balbuena, en Tantas veces Pedro, se enamora de Sophie sin conocerla, “No se veía lo que se llama nada adentro de la góndola porque Sophie estaba sin duda escondidísima, pero fue amor a primera vista de todos maneras”. Al final de la novela se explica que las causas del enamoramiento se originan en una fotografía encontrada en la calle. Él inventa un nombre a la mujer ahí retratada: Carole, y decide un día, cuando vaya a Francia a estudiar, se la encontrará; en efecto, el personaje va a Francia y encuentra a Sophie y él pregunta “¿Cómo te llamas, Carole?”. (El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz)
A Martín Romaña le sucede otro tanto (en la ya aludida La vida exagerada de martín Romaña). Se enamora de Inés porque ésta le hace el nudo de la corbata como se lo hubiera hecho su madre, o se enamora de Octavia porque un día en la playas de Cádiz, desilusionado del amor de Inés, ve a una guapa muchacha y le inventa ese nombre: Octavia de Cádiz, La mujer que lo sacará de su depresión amorosa debido al abandono de Inés, Petronila Marie Amélie, tendrá que llamarse inevitablemente Octavia de Cádiz. Ya muerto Martín es conducido al cielo por su Virgilio, éste afirma: “Petronila necesitó sobrehumanamente ser Octavia de Cádiz, darte el amor ideal, el amor que buscabas y necesitabas”
Este determinismo, entre otras causas, será el motivo por el cual los personajes de Bryce Echenique fracasen en sus relaciones amorosas. También será la causa obligada por la cual mantengan una relación amorosa basada en el sexo; es decir, no aman a la mujer que tienen sino al ideal femenino que han forjado en mente. Al no amar a su compañera permanecen solos, anteponiendo la cópula como elemento de cohesión. Caso evidente es Martín con Inés, por un lado, y Felipe Carrillo con Genoveva, por el suyo. El principal elemento de cohesión de Martín con Inés es su “hondonada” (la cama de su buhardilla en París): afirma que Inés puede diferir en mucho con sus puntos de vista, pero con respecto a la “hondonada” es muy posible que coincidan.
En cuanto al humor como elemento definitorio de toda su obra es digno de resumirse aquí la gran capacidad del escritor peruano para incursionar en esta difícil forma de hacer literatura. Si el sostener un tono humorístico a lo largo de una novela es ya un gran mérito -una de ellas tiene más de seiscientas páginas- el que en todas sus novelas sea un ingrediente fundamental, evidencia el genio creativo de Bryce.
Ahora bien, para Bryce Echenique lo cómico es más, mucho más que un recurso hábilmente explotado, es también una posición vital, es una manera lúdica -pero no superficial o irresponsable- de conocer la realidad. Igualmente es una forma de enfrentar el dolor o lo desconocido de una manera no dolorosa o por lo menos no dramática.
Algunas otras cosas más podríamos decir, en este breve repaso y en particular sobre ciertas polémicas en torno de su persona, pero no se trata aquí de hablar de la vida privada de nuestro autor, sino de destacar el genio creativo de su arte.
Dicho de otra manera, y con ello concluyamos, cualquier novela que nuestro amable lector guste abrir y leer del peruano le deparará una agradable sorpresa, porque, aunque han pasado varias décadas de haber sido publicadas por primera vez, guardan una frescura sorprendente, como si hubieran sido escritas en nuestros días. Leamos a Bryce, es el mejor homenaje que le podemos hacer a su genio creativo.
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